EL ARCHIVO MARX - ENGELS - ROSA - LENIN - TROTSKY - MAO - HO - CHE - WALLERSTEIN - EZLN
      DE LA RED VASCA ROJA EN ESPAÑOL Y EN INTERNET


      Obras de TROTSKY

      1929-1932: Capítulo 10. El nuevo Poder, de la Historia de la Revolución Rusa.

      The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.

      Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 159-175.

      Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 16 de septiembre de 1997.

      Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.



      Divorciada del pueblo, ligada mucho más estrechamente al capital financiero extranjero que a las masas trabajadoras del propio país, hostil a la revolución que triunfaba, la burguesía rusa, que había llegado con retraso, no podía invocar en su propio nombre ni un solo título en favor de sus pretensiones al poder. Sin embargo, era necesario fundamentarlas en un sentido u otro, pues la revolución somete a una revisión implacable no sólo los derechos heredados, sino también las nuevas alegaciones. Rodzianko, el presidente del Comité provisional, que durante los primeros días de la revolución se encontró al frente del país, era la persona menos indicada para ofrecer argumentos susceptibles de convencer a las masas. Ayuda de cámara bajo Alejandro II, oficial del regimiento de caballería de la Guardia, decano provincial de la nobleza, chambelán de Nicolás II, monárquico hasta la médula, terrateniente, miembro del partido de los octubristas, uno de los elementos activos de los zemstvos y diputado de duma nacional, Rodzianko fue luego elegido presidente de ésta. Esto ocurría después de la dimisión de Guchkov, a quien odiaban en palacio por su calidad de "Joven Turco". La Duma confiaba en tener más fácil acceso al corazón del monarca por mediación del chambelán. Rodzianko hizo todo lo que pudo: testimonió al zar, sin hipocresía alguna, su adhesión a la dinastía; imploró como un favor ser presentado al príncipe heredero y ganó las simpatías de éste como "el hombre más voluminosos de toda Rusia". A pesar de todo este histrionismo bizantino, el chambelán no logró conquistar el favor del zar para la Constitución, y, en sus cartas, la zarina calificábale, sin andarse con rodeos, de canalla. Durante la guerra, el presidente de la Duma hizo pasar, indudablemente, no pocos malos ratos al zar, agobiándole, durante las audiencias, con exhortaciones ampulosas, críticas patrióticas y augurios sombríos. Rasputin veía en Rodzianko un enemigo personal. Kurlov, uno de los elementos más afines a la banda palaciega, se refiere a la "insolencia -de Rodzianko- acompañada de una indudable limitación mental". Witte habla del presidente de la Duma con más indulgencia, pero no mucho mejor: "No es tonto, sino, al contrario, bastante listo: pero así y todo, la cualidad principal de Rodzianko no consiste en su inteligencia, sino en su voz: tiene una magnífica voz de bajo." En un principio, Rodzianko intentó vencer a la revolución con las mangueras de los bomberos; lloró cuando supo que el gobierno del príncipe Golitsin había abandonado su puesto; se negó, horrorizado, a tomar el poder que le ofrecían los socialistas; después, decidió tomarlo; pero, como súbdito fiel, abrigando el propósito de devolver la corona al monarca tan pronto como le fuera posible. No fue culpa de Rodzianko, que esta ocasión no se le deparase. En cambio, la revolución, con ayuda de aquellos mismos socialistas, brindó al chambelán magnífica ocasión de hacer resonar su voz de bajo ante los regimientos sublevados. Ya el 27 de febrero, el capitán retirado de la caballería de la Guardia Rodzianko decía al regimiento de la Guardia que se había presentado en el palacio de Táurida: "Fieles soldados, escuchad mis consejos. Soy un hombre viejo y no os engañaré; escuchad a los oficiales, que no os mandarán nada malo y obrarán de completo acuerdo con la Duma. ¡Viva la santa Rusia!" Seguramente, que no había en toda la Guardia ningún oficial que no estuvieses dispuesto a aceptar esa revolución. En cambio, los soldados no acababan de convencerse de su necesidad. Rodzianko temía a los soldados, temía a los obreros, veía en Cheidse y demás elementos de izquierda agentes a sueldo de Alemania, y, al tiempo que se ponía al frente de la revolución, miraba a cada instante en torno suyo, esperando el momento en que el Soviet viniese a detenerle.

      La figura de Rodzianko es un poco cómica, pero no fortuita; este chambelán, con su magnífica voz de bajo, era la encarnación de las dos clases dirigentes de Rusia: los terratenientes y la burguesía, con el aditamento del clero progresivo. Rodzianko era muy devoto y muy versado en música litúrgica, y los burgueses liberales, independientemente de la actitud que pudieran adoptar respecto a la Iglesia ortodoxa, consideraban tan necesaria para el orden la alianza con esta última como con la monarquía.

      En aquellos días, el honorable monárquico que debía el poder a los conspiradores, rebeldes y asesinos, estaba pálido y desencajado. Los demás miembros del Comité no se sentían mucho mejor. Alguno de ellos ni siquiera se dejaban ver en el palacio de Táurida, por entender, sin duda, que la situación no estaba todavía suficientemente despejada. Los más prudentes daban vueltas, de puntillas, alrededor del fuego de la revolución, cuyo humo les hacía toser, y se decían: "¡Dejémoslo que arda, y después veremos si se puede cocer algo en él!"

      El Comité, si bien accedió a tomar el poder, no se decidió inmediatamente a formar un Ministerio. "En espera -según las palabras de Miliukov- de que llegara el momento de formar gobierno, el Comité se limitó a designar comisarios entre los miembros de la Duma, encargados de regentar los organismos gubernamentales, pues esto dejaba abierta una salida para en caso de retirada."

      Al frente del Ministerio del Interior pusieron al diputado Karaulov, hombre insignificante, pero menos cobarde acaso que los demás, el cual dictó el primero de marzo la orden de detención de todos los jefes de la policía y del cuerpo de gendarmes. Este terrible gesto revolucionario tenía un carácter puramente platónico, puesto que los rebeldes se habían apresurado a detener por su cuenta a la policía, sin aguardar a que se publicara ningún decreto, y la cárcel era, además, para ella el único asilo contra la venganza popular. Mucho más tarde, la reacción vio en aquel acto demostrativo de Karaulov el principio de todas las calamidades posteriores.

      Para la comandancia militar de Petrogrado se nombró al coronel Engelhardt, oficial del regimiento de la Guardia, propietario de cuadras de caballos de carreras y gran terrateniente. En vez de detener al "dictador" Ivanov, que había llegado del frente para apaciguar la capital, Engelhardt puso a su disposición a un oficial reaccionario en calidad de jefe de estado mayor: al fin y al cabo, todos era unos.

      Al Ministerio de Justicia se envió a la lumbrera de la abogacía liberal de Moscú, al elocuente y huero Maklakov, el cual se apresuró a dar a entender, ante todo a los burócratas reaccionarios, que él no quería ser ministro por la gracia de la revolución, y, "posando la vista sobre un camarada que acababa de entrar y que desempeñaba las funciones de mozo", dijo en francés: Le danger est à gauche.

      Los obreros y soldados no necesitaban entender francés para comprender que todos aquellos caballeros eran sus más acérrimos enemigos.

      Por su parte, Rodzianko no dejó de oír su voz tonante mucho tiempo al frente del Comité. Su candidatura a la presidencia del gobierno revolucionario se hundió por sí misma: era evidente que el intermediario entre los propietarios y la monarquía no servía ya para intermediario entre los propietarios y la revolución. Pero no por eso desapareció de la escena política, sino que intentó tenazmente avivar la duma, contrarrestando con ella la influencia del Soviet, y se erigió invariablemente en el eje de todas las tentativas encaminadas a articular la contrarrevolución de los burgueses y los terratenientes. Ya volveremos a encontrarnos con él.

      El primero de marzo, el Comité provisional emprendió la formación de un Ministerio, proponiendo para él a los hombres que la Duma, a partir de 1915, había recomendado repetidamente al zar como personas que gozaban de la confianza del país; se trataba de grandes agrarios e industriales, de los diputados de oposición de la Duma y jefes del bloque progresivo. Lo cierto es que la revolución hecha por los obreros y los soldados no se vio representada para nada en la composición del gobierno revolucionario, con una sola excepción. Esta excepción la constituía Kerenski. La onda Rodzianko-Kerenski era la onda oficial de la revolución de Febrero.

      Kerenski entró en el gobierno en calidad, digámoslo así, de embajador de aquella revolución. Sin embargo, su actitud ante ésta era la de un abogado provinciano que había intervenido en varios procesos políticos. Kerenski no era un revolucionario, sino pura y simplemente un hombre que había revoloteado alrededor de la revolución. Elegido por primera vez como diputado de la cuarta Duma, gracias a que estaba dentro de la ley, Kerenski se convirtió en el presidente de la fracción gris e impersonal de los trudoviki o "laboristas", fracción que era un fruto anémico del cruce del liberalismo con los narodniki. No tenía preparación teórica, ni escuela política, ni aptitud para las tareas especulativs, ni nervio político. Todas estas cualidades veíanse sustituidas en él por una facilidad de adaptación superficial, por una fácil exaltación y esa clase de elocuencia que actúa, no sobre el pensamiento ni sobre la voluntad, sino sobre los nervios. Sus intervenciones en la Duma, inspiradas en un radicalismo declamatorio, para el cual no le faltaban ocasiones, crearon a Kerenski, si no una popularidad, al menos una cierta notoriedad. Durante la guerra, entendía, coincidiendo en esto con los liberales, como patriota que era, que la idea misma de la revolución era funesta para el país. La aceptó cuando vino, y la revolución, aferrándose a su "popularidad", lo sacó a flote. Para él, la revolución se identificaba de un modo natural con el nuevo poder. Pero el Comité ejecutivo decretó que el poder, conquistado por la revolución burguesa, debía pertenecer a la burguesía. A Kerenski, esta fórmula se le antojaba falsa, aunque no fuera más que por el hecho de que le cerraba las puertas del Ministerio. Kerenski estaba completamente persuadido de que su socialismo no constituía ningún obstáculo para la revolución burguesa, como tampoco ésta causaría detrimento alguno a su socialismo. El Comité provisional de la Duma decidió hacer una tentativa par arrancar del Soviet al diputado radical y no le fue difícil conseguirlo, ofreciéndole la cartera de Justicia, a la cual había renunciado ya Maklakov. Kerenski paraba por los pasillos a los amigos y les preguntaba: "¿Debo aceptar la cartera o no?" Los amigos no dudaban de que ya tenía decidido aceptarla. Sujánov, muy bien dispuesto hacia Kerenski en aquel entonces, observó en él -cierto es que en Recuerdos, publicados más tarde- "que tenía la seguridad de que estaba llamado a cumplir una misión muy importante... y se irritaba extraordinariamente contra los que no se daban cuenta de ello". Por fin, los amigos, Sujánov inclusive, le aconsejaron que aceptase la cartera, entendiendo que era lo mejor; pues de este modo, teniendo allí a uno de los suyos, podrían observar de cerca lo que hacían aquellos astutos liberales. Pero al mismo tiempo que tentaban sigilosamente a Kerenski a cometer un pecado para el cual no necesitaba, por cierto, orientación, los dirigentes del Comité ejecutivo le negaban toda sanción oficial. El Comité ejecutivo se ha manifestado ya -recordaba Sujánov a Kerenski-, y el volver a plantear el asunto ante el Soviet no deja de tener sus peligros, pues puede sencillamente contestar: "el poder debe pertenecer a la democracia soviética." Tal es el relato textual del propio Sujánov, que constituye una increíble mezcla de candidez y de cinismo. El inspirador de todos los misterios del poder reconoce abiertamente que, ya el 2 de marzo, el Soviet de Petrogrado se inclinaba por la toma formal del poder, el cual le pertenecía de hecho desde la tarde del 27 de febrero, y que los jefes socialistas sólo habían podido despojarle de él, en provecho de la burguesía, a espaldas de los obreros y los soldados, sin que éstos lo supieran y contra su verdadera voluntad. El trato de los demócratas con los liberales aparece rodeado, en el relato de Sujánov, de todas las características jurídicas de rigor en un crimen de lesa revolución, es decir, de complot secreto tramado contra el poder del pueblo y sus derechos.

      Los dirigentes del Comité ejecutivo, comentando la impaciencia de Kerenski, cuchicheaban entre sí que no era conveniente para un socialista tomar oficialmente un fragmento de poder de manos de los hombres de la Duma, que acababan de recibirlo íntegramente de manos de los socialistas. Sería mejor que Kerenski asumiese toda la responsabilidad de aquel acto. Aquellos caballeros, por una especie de instinto infalible, se las arreglaban para encontrar siempre verdaderamente la salida más complicada y falsa a todas las situaciones. Pero Kerenski no quería entrar en el gobierno con la chaqueta de simple diputado radical; quería entrar, a todo trance, envuelto en el manto de representante de la revolución triunfante. Con el fin de no tropezar con ninguna resistencia, no solicitó la sanción ni del partido del cual se proclamaba miembro, ni del Comité ejecutivo, de que era vicepresidente. Sin advertir a los jefes, en una de las sesiones plenarias del Soviet, que en aquellos días no era aún más que mitin caótico, pidió la palabra para hacer una declaración, y en su discurso, que unos calificaron de confuso y otros de histérico -versiones entre las cuales, dicho sea de paso, no media contradicción-, exigió un voto de confianza y repitió en todos los tonos que estaba dispuesto a morir por la revolución y, aún más, a aceptar la cartera de ministro de Justicia. Le bastó aludir a la necesidad de una amnistía política completa y entregar a los Tribunales a los funcionarios zaristas, para provocar una tempestad de aplausos en aquella asamblea inexperta, sin rumbo ni dirección. "Aquella farsa -recuerda Schliapnikov- produjo en muchos una profunda indignación y un sentimiento de repugnancia contra Kerenski." Pero nadie le contradijo: los socialistas, al tiempo que entregaban el poder a la burguesía, evitaban, como sabemos, plantear esta cuestión ante las masas. No hubo votación. Kerenki decidió interpretar los aplausos como un voto de confianza. Desde su punto de vista, tenía razón. Indudablemente, el Soviet era partidario de la entrada de los socialistas en el Ministerio, pues veía con ello un paso en el sentido de la liquidación del gobierno burgués, con el cual, ni por un instante, estuvo conforme. De todos modos, haciendo caso omiso de la doctrina oficial, el 2 de marzo Kerenski accedió a aceptar el cargo de ministro de Justicia. "Kerenski estaba muy contento de su nombramiento -cuenta el octubrista Schidlovski-, y me acuerdo perfectamente de que, en el local del Comité provisional hablaba calurosamente, tumbado en una butaca, del pedestal que levantaría a la justicia en Rusia." En efecto, meses más tarde, había de demostrarlo elocuentemente en el proceso seguido a los bolcheviques.

      El menchevique Cheidse, al cual los liberales, guiándose por un cálculo excesivamente simple y por la tradición internacional, querían confiar, en un momento difícil, el Ministerio de trabajo, se negó categóricamente a aceptar el cargo, y permaneció en su puesto de presidente del Soviet. Menos brillante que Kerenski, Cheidse estaba, sin embargo, construido con materiales más sólidos.

      Miliukov, líder indiscutible del partido kadete, aunque no se hallara formalmente al frente del Ministerio, era el jefe del gobierno provisional. "Miliukov estaba incomparablemente por encima de sus compañeros de gabinete -decía el kadete Nabokov, después de haber roto ya con él-, como fuerza intelectual, por sus inmensos conocimientos, casi inagotables, y por su espíritu amplio". Sujánov, que acusaba a Miliukov personalmente del fracaso del liberalismo ruso, decía, sin embargo, hablando de él: "Miliukov era entonces la figura central, el alma y el cerebro de todos los círculos políticos burgueses... Sin él no habría habido política burguesa en el primer período de la revolución." A pesar de su exageración estas opciones señalan la superioridad indiscutible de Miliukov sobre los demás políticos de la burguesía rusa. Su fuerza radicaba en lo mismo en que radicaba su debilidad: de un modo más concreto y definitivo que los demás, expresaba, traducido al lenguaje de la política, el destino de la burguesía rusa, es decir, la situación sin salida en que la historia había colocado a ésta. Los mencheviques se lamentaban de que Miliukov había llevado al liberalismo a la ruina, pero con más fundamento podría afirmarse que fue el liberalismo el que llevó a la ruina a Miliukov.

      A pesar del neoeslavismo, resucitado por él con fines imperialistas, Miliukov fue siempre un occidentalista burgués. Había asignado como fin a su partido la implantación en Rusia de la civilización europea. Pero temía cada día más las sendas revolucionarias que habían seguido los pueblos de Occidente. Por esto, todo su occidentalismo se reducía a una envidia impotente de los países occidentales.

      La burguesía inglesa y francesa edificó una nueva sociedad a su imagen y semejanza. La alemana llegó más tarde y tuvo que permanecer durante mucho tiempo entregada a la papilla de avena de la filosofía. Los alemanes inventaron el término "contemplación del mundo" (Weltanschaung), con el que no cuentan en su haber los ingleses ni los franceses; mientras que las naciones occidentales creaban un mundo nuevo, los alemanes "contemplaban" el suyo. Pero la burguesía alemana, tan pobre desde el punto de vista de la acción política, creó la filosofía clásica, lo cual constituye una aportación de valor innegable. La burguesía rusa llegó todavía más tarde. Es verdad que tradujo al ruso, con algunas variantes, la palabra "contemplación del mundo", pero con ello no hizo más que poner de manifiesto, a la par que su impotencia política, su fatal pobreza filosófica. Importó ideas y técnica, estableciendo para la última tarifas arancelarias elevadas y para las primeras una cuarentena dictada por el miedo. Miliukov estaba llamado a dar expresión política a estos rasgos característicos de su clase.

      Ex-profesor de Historia en Moscú, autor de importantes trabajos científicos, fundador luego del partido kadete, fruto de la fusión de los terratenientes liberales y de los intelectuales de izquierda, Miliukov se hallaba absolutamente libre del diletantismo político, propio de la mayoría de los políticos liberales rusos. Tenía un concepto muy serio de su profesión, y esto bastaba ya para hacerle resaltar sobre el medio.

      Hasta 1905 los liberales rusos se avergonzaban casi siempre de serlo. La capa de populismo y más tarde de marxismo les sirvió, durante mucho tiempo, de coraza defensiva. En esta capitulación vergonzante, en esencia muy poco profunda, de círculos burgueses muy extensos, en que figuraban incluso toda una serie de jóvenes industriales, ante el socialismo cobraba toda su expresión la falta de confianza en sí misma de una clase que había venido en el momento oportuno para concentrar en sus manos fortunas de millones, pero demasiado tarde para ponerse al frente del país. Los padres, campesinos de luengas barbas y tenderos enriquecidos, habían acumulado sin pensar en su papel social. Los hijos habían terminado sus estudios universitarios en el período de fermentación de las ideas prerrevolucionarias, y cuando intentaron hallar cabida en la sociedad no tuvieron prisa por enrolarse bajo la bandera del liberalismo, ya maltrecha en los países avanzados, descolorida y toda remendada. Durante algún tiempo, cedieron a los revolucionarios parte de su espíritu y aun de sus ingresos. Esto que decimos podemos hacerlo extensivo, aún con mayor razón, a los representantes de las profesiones liberales, una parte considerable de los cuales pasaron en su juventud por la fase de las simpatías socialistas. El profesor Miliukov no pasó nunca el sarampión del socialismo. Era, orgánicamente, un burgués, y no se avergonzaba de serlo.

      Cierto que en la época de la primera revolución, Miliukov no renunciaba aún a la esperanza de apoyarse en las masas revolucionarias por mediación de los partidos socialistas domesticados. Witte cuenta que cuando, en octubre de 1905, durante la formación de su gabinete constitucional, exigió a los kadetes "que se cortasen la cola revolucionaria", éstos le contestaron que del mismo modo que él, Witte, no podía renunciar al ejército, ellos no podían tampoco renunciar a las fuerzas armadas de la revolución. En el fondo, esto, en aquel entonces, no era ya más que un chantaje: para hacerse subir el precio, los kadetes asustaban a Witte con las masas, las mismas masas a quienes ellos tanto temían. Precisamente la experiencia de 1905 persuadió a Miliukov de que, por fuertes que fuesen las simpatías liberales de los grupos intelectuales socialistas, las fuerzas auténticas de la revolución, las masas, no cederían nunca sus armas a la burguesía, y que cuanto mejor armadas estuvieran, más peligrosas serían para ésta. Al proclamar abiertamente que la bandera roja no era más que un trapo, Miliukov liquidó, con un sentimiento evidente de desahogo, un idilio que en realidad no había empezado.

      El divorcio entre la llamada "inteligentsia" y el pueblo constituía uno de los temas tradicionales de los publicistas rusos, con la particularidad de que los liberales, contrariamente a los socialistas, englobaban bajo el nombre de "inteligentsia" a todas las clases "cultas", es decir, a las clases poseedoras. Después que este divorcio se reveló catastróficamente, los liberales, durante la primera revolución ideólogos de las clases "cultas", vivían como en constante espera del juicio final. Un escritor liberal, filósofo, no atado por los convencionalismos de la política, expresó el miedo ante la masa con una fuerza furiosa, que recuerda el reaccionarismo epiléptico de Dostoievski. "Tal como somos, no sólo no podemos soñar en la fusión con el pueblo, sino que debemos temerle más que a todos los atropellos del poder y bendecir a este último, que con sus bayonetas y sus cárceles nos protege contra la furia popular..." ¿Podían los liberales, pensando de este modo, soñar con empuñar el "gobernalle" de la nación revolucionaria? Toda la política de Miliukov lleva el sello de la impotencia. En el momento de la crisis nacional, el partido acaudillado por él piensa en el modo de esquivar el golpe y no en el de asestarlo. Como escritor, Miliukov es pesado y difuso, y lo mismo puede decirse de él como orador. Lo decorativo no es su fuerte. Esto podría ser una cualidad positiva si la política mezquina de Miliukov no necesitara por modo tan apremiante de cubrirse con una máscara, o si, por lo menos, hubiera podido objetivamente cubrirse con una gran tradición; pero Miliukov no contaba ni aun con una pequeña tradición. La política oficial de Francia, quintaesencia del egoísmo burgués y de la perfidia, tiene dos poderosos auxiliares: la tradición y la retórica, que rodean de una coraza defensiva a todo político burgués, incluso a un abogado de los grandes propietarios tan prosaico como Poincaré. Pero no es culpa de Miliukov el no haber tenido antecesores patéticos ni el verse obligado a practicar una política de egoísmo burgués en la frontera que separa a Europa de Asia.

      "Paralelamente con las simpatías hacia Kerenski -leemos en las Memorias del socialrevolucionario Sokolov, sobre la revolución de Febrero-, existía desde el principio una gran antipatía no disimulada y un poco extraña por Miliukov. Yo no comprendía y sigo sin comprender por qué este honorable hombre público era tan impopular." Si los filisteos comprendieran las causas de su entusiasmo por Kerenski y de sus antipatías por Miliukov, dejarían de ser filisteos. El buen burgués no sentía simpatías por Miliukov, porque éste expresaba de un modo excesivamente prosaico, desapasionado e incoloro, la esencia política de la burguesía rusa. Al mirarse en el espejo de Miliukov, el burgués veía que era gris, interesado, cobarde, y, como suele suceder, se indignaba contra el espejo.

      Al ver, por su parte, las muecas de descontento del burgués liberal, Miliukov decía tranquilamente y con aplomo: "La gente es tonta." Y pronunciaba estas palabras sin irritación, casi de un modo cariñoso, con el deseo de decir: "Si hoy la gente no me comprende, no hay por qué desesperarse, ya me comprenderá más tarde." Miliukov confiaba fundadamente en que el burgués no le traicionaría y, sometiéndose a la lógica de la situación, le seguiría a él, a Miliukov, pues no tenía otro camino. Y en efecto, después de la revolución de Febrero, todos los partidos burgueses, incluso los de derecha, siguieron al jefe kadete, aunque le insultasen y aun le maldijesen.

      No se podía decir lo mismo de un político demócrata con matiz socialista como Sujánov. Éste no era un hombre gris, sino, al contrario, un político profesional, bastante refinado en su pequeño oficio. Este político no podía parecer "inteligente", pues saltaba demasiado a la vista la contradicción constante entre lo que quería y los resultados a que llegaba. Pero se hacía el cuco, enredaba y cansaba a la gente. Para arrastrarle, era necesario engañarle, no sólo reconociendo su completa independencia, sino acusándole aun de excesivo espíritu de mando, de autoritarismo. Esto le halagaba y le conciliaba con el papel de instrumento servil. Fue precisamente en una conversación con esta ardilla socialista donde Miliukov lanzó su frase: "La gente es tonta." Esta frase no era más que una sutil adulación: "Los únicos inteligentes somos usted y yo." Y al decirlo, Miliukov, sin que ellos se dieran cuenta, echaba el anillo a la nariz de los demócratas. El anillo con el que más tarde habían de ser arrojados por la borda.

      Su impopularidad personal no le permitió a Miliukov ponerse al frente del gobierno; hubo de contentarse con la cartera de Negocios extranjeros. Los asuntos de política exterior constituían ya su especialidad en la Duma.

      El ministro de Guerra resultó ser el gran industrial moscovita Guchkov, a quien ya conocemos, liberal en su juventud, con una cierta tendencia aventurera y luego hombre de confianza de la gran burguesía cerca de Stolipin, en el período de la represión de la primera revolución. La disolución de las dos primeras Dumas, en las cuales dominaban los kadetes, condujo al golpe de Estado del 3 de junio de 1907, dado con el fin de modificar el estatuto electoral en beneficio del partido de Guchkov, que presidió después de las dos últimas Dumas hasta el momento de la revolución. En 1911, al inaugurarse en Kiev el monumento a Stolipin, muerto por un terrorista, Guchkov, depositando la corona, se inclinó hasta el suelo: en esta reverencia hablaba toda la clase. En la Duma se dedicó, principalmente, a las cuestiones militares, y en la preparación de la guerra obró en estrecho contacto con Miliukov. En su calidad de presidente del Comité central industrial de guerra, Guchkov agrupó a los industriales bajo la bandera de la oposición patriótica, sin impedir en lo más mínimo, al mismo tiempo, que los dirigentes del bloque progresista, Rodzianko inclusive, se llenaran los bolsillos con los suministros militares. La recomendación revolucionaria de Guchkov era que su nombre iba asociado por la semileyenda de la preparación de la consabida revolución palaciega. El ex-jefe de policía afirmaba, además, que Guchkov "se permitía en sus conversaciones sobre el monarca aplicar a este último un epíteto extremadamente ofensivo". Es muy verosímil, pero Guchko no constituía en este sentido una excepción. La devota zarina odiaba a Guchkov, le aplicaba en sus cartas los insultos más groseros y expresaba la esperanza de "verle colgado". Cierto es -dicho sea de paso- que la zarina deseaba esa suerte a muchos. Sea de ello lo que fuere, el hombre que se había inclinado hasta el suelo ante el verdugo de la primera revolución, apareció siendo ministro de la Guerra de la segunda.

      Para la cartera de Agricultura se designó al kadete Chingarev, médico provinciano y diputado de la Duma. Sus correligionarios le consideraban como una mediocridad honrada o, para decirlo con Nabokov, como a "un intelectual de provincia, apto para un cargo, no en la capital, sino en provincias o en un distrito". Hacía ya tiempo que se había evaporado el radicalismo vago de su juventud y ahora la preocupación principal de Chingarev consistía en demostrar a las clases poseyentes su capacidad de hombre de Estado. Aunque el viejo programa de los kadetes hablaba de "la expropiación forzosa de las tierras de los grandes propietarios mediante una justa tasación", ninguno de ellos tomaba este programa en serio, sobre todo ahora, en los años de inflación de la guerra, y Chingarev consideró como su misión principal retrasar la solución del problema agrario, haciendo concebir esperanzas a los campesinos con el espejuelo de la Asamblea constituyente, que los kadetes hacían todo lo posible por no convocar. La revolución de Febrero estaba condenada a estrellarse contra el problema de la tierra y el de la guerra. Chingarev le ayudó con todas sus fuerzas a conseguirlo.

      La cartera de Hacienda fue a parar a manos de un joven llamado Terechenko. "¿De dónde le sacaron?", se preguntaba la gente con extrañeza en el palacio de Táurida. Los iniciados decían que era propietario de fábricas de azúcar, haciendas agrícolas, bosques y otras riquezas valoradas en ochenta millones de rublos de oro, que ocupaba la presidencia del Comité industrial de guerra en Kiev, que poseía una buena pronunciación francesa y que, además, era un buen conocedor del ballet. Añadían, además, de un modo significativo, que Terechenko, en calidad de hombre de confianza de Guchkov, casi habría tomado parte en el gran complot que había de destronar a Nicolás II. La revolución, estorbando el complot, ayudó a Terechenko.

      Durante aquellos cinco días de febrero, en que en las frías calles de la capital se desarrollaban los combates revolucionarios, cruzó algunas veces por delante de nosotros, como una sombra, la figura de liberal procedente de casa grande, hijo del ex-ministro zarista Nabokov, figura casi simbólica en su corrección fatua y en su dureza egoísta. Nabokov pasó los días decisivos de la insurrección entre los cuatro muros del despacho de su casa, "esperando, alarmado, el desarrollo de los acontecimientos". Helo aquí, ahora, convertido en el factotum del gobierno provisional, en una especie de ministro sin cartera. Emigrado a Berlín, donde fue muerto por una bala perdida de un guardia blanco, dejó unas notas, no exentas de interés, sobre el gobierno provisional. Anotemos en su haber este servicio.

      (sigue)

      El archivo Marx - Engels - Rosa - Lenin - Mao - Ho - Che - Wallerstein - EZLN a la página principal